
Dedicado a todos los que buscan la belleza en la noche. Bona nit :)
Benvingut/Bienvenido a la versión 2.0 de la bitácora de Álex Vidal. Un espacio destinado a... bien, a cualquier cosa que me pase por la cabeza.
Iluso de mí: mientras estaba apretando los tornillos de una bandeja de documentos, pensaba que el olor de barbacoa procedía de alguno de los dúplex de la planta baja, debajo de nuestro piso, o de algunas de las casas de enfrente de nuestra calle.
Enseguida he llamado al 112, por si acaso, y ya habían dado el aviso a los bomberos. Por lo visto, el fuego se ha originado en las estribaciones de Horta, en la parte sur de Collserola.
Espero, deseo que no sean más que rastrojos, que no se extienda más allá de lo que sería un susto, que no afecte al parque, que no provoque una catástrofe.
Pero, en este caso, le recomendé yo asistir a la charla sobre su obra más reciente, esta Una historia de amor y oscuridad que Siruela acababa de traducir en España. La noche anterior, en el programa entonces ubicado en la parrilla del 33 La nit al dia, Mònica Terribas lo había entrevistado junto al filósofo palestino Sari Nusseibeh, aprovechando el Premio Catalunya concedido a ambos por su lucha en favor de la paz en Israel, Palestina y Oriente Medio. Aquella entrevista me dejó boquiabierto por la calidad humana que destilaban ambos. Y, aunque Nusseibeh no se contaba entre los participantes del encuentro literario, decidí escuchar la charla de Oz.
Una noche de invierno tuve que hacer guardia con Efraim Avneri. Con botas, abrigados con viejos anoraks y gorros de lana que picaban, caminábamos por el barro a lo largo de la valla, por detrás de los almacenes y el establo. [...] Le pregunté a Efraim si, en la guerra de la Independencia o en los sucesos de los años treinta, había tenido ocasión de disparar y matar a alguno de esos asesinos.
No podía ver la cara de Efraim en la oscuridad, pero cierta ironía rebelde, cierta tristeza sarcástica y extraña había en su voz cuando me contestó, tras un breve silencio reflexivo:
-¿Asesinos? Pero ¿qué esperas de ellos? Desde su punto de vista, nosotros somos extraterrestres que hemos aterrizado aquí y hemos invadido su tierra, poco a poco hemos ido apoderándonos de ella y, mientras les asegurábamos que habíamos venido para ayudarles, para curarles la tiña y el tracoma, para liberarles del atraso y la ignorancia y del yugo de la opresión feudal, con artimañas nos íbamos quedando con su tierra pedazo a pedazo. Así pues, ¿qué pensabas? ¿Que nos iban a agradecer nuestra bondad? ¿Que iban a salir a recibirnos con tambores y máquinas fotográficas? ¿Que nos iban a entregar respetuosamente las llaves de todo el país solo porque nuestros antepasados estuvieron aquí alguna vez? ¿Qué tiene de raro que se hayan alzado en armas contra nosotros? Y ahora que les hemos causado una derrota aplastante y cientos de miles viven en campos de refugiados, ¿qué quieres?, ¿esperas tal vez que compartan nuestra alegría y nos deseen lo mejor?
Me quedé atónito. A pesar de que ya me había alejado mucho de la retórica del Jerut y de la familia Klausner, aún no era más que un dócil producto de la realidad sionista. Las palabras nocturnas de Efraim me espantaron e incluso me hicieron enfadar: por aquellos días un pensamiento de ese tipo se consideraba una traición. Estaba tan asombrado y asustado que repliqué a Efraim Avneri con una queja mordaz:
-Si es así, ¿por qué vas por aquí con un arma? ¿Por qué no te vas del país? ¿O coges el arma y te pasas a luchar a su bando?
En la oscuridad oí su risa triste:
-¿A su bando? Pero en su bando no me quieren. En ninguna parte del mundo me quieren. Nadie en el mundo me quiere. Esa es la cuestión. Parece que en todos los países hay demasiados como yo. Solo por eso estoy aquí. Solo por eso llevo un arma, para que no me echen también de aquí. Pero no usaré la palabra «asesinos» para hablar de los árabes que han perdido sus pueblos. De ninguna manera, no usaré a la ligera esa palabra para referirme a ellos. Con respecto a los nazis, sí. Con respecto a Stalin, también. Y con respecto a todos los saqueadores de tierras ajenas.
-¿Pero no se deduce de tus palabras que nosotros aquí también somos saqueadores de tierras ajenas? ¿Qué pasa?, ¿es que no estábamos aquí hace dos mil años? ¿No nos expulsaron de aquí a la fuerza?
-Es muy sencillo -dijo Efraim-: si no es aquí, ¿dónde está la tierra del pueblo judío? ¿Debajo del mar? ¿En la luna? ¿O es que solo el pueblo judío, entre todos los pueblos del mundo, no se merece una pequeña patria?
-¿Y qué pasa porque se la hayamos quitado a ellos?
-Tal vez hayas olvidado que, casualmente, ellos intentaron matarnos a todos en el 48. En el 48 hubo una guerra terrible y ellos mismos fueron quienes plantearon la cuestión en términos de o ellos o nosotros, y nosotros vencimos y les quitamos las tierras. ¡No hay que enorgullecerse de ello! Pero si ellos nos hubiesen vencido en el 48, habría que enorgullecerse mucho menos: ellos no habrían dejado con vida ni a un solo judío. Y realmente en todo su territorio no vive hoy día ni un solo judío. Pero esta es la cuestión: como les quitamos lo que les quitamos en el 48, ahora ya tenemos. Y como ahora ya tenemos, no debemos quitarles más. Se acabó. Esta es toda la diferencia entre tu señor Begin y yo: si algún día les quitamos más, ahora que ya tenemos, sería un grave pecado.
-¿Y si dentro de un momento aparecen aquí los fedayines?
-Si aparecen -suspiró Efraim-, tendremos que tirarnos aquí mismo al suelo, en el barro, y disparar. Y nos esforzaremos mucho en disparar mejor que ellos y más deprisa que ellos. Pero no les dispararemos porque sean un pueblo de asesinos, sino por la sencilla razón de que también nosotros tenemos derecho a vivir, y por la sencilla razón de que también nosotros tenemos derecho a tener un país. No solo ellos. Y ahora, por tu culpa, me siento como Ben Gurión. Si me perdonas, me voy un rato al establo a fumarme un cigarro en silencio, y mientras tanto, vigila bien. Vigila por los dos.
Tu abuelo era comunista de corazón, pero no bolchevique rojo. Stalin le parecía otro Iván el Terrible. Era, como decirlo, una especie de comunista-pacifista, un narodnik, un comunista-tolstoiano contrario al derramammiento de sangre. Le daba miedo el mal que se oculta en el alma de personas de toda condición: siempre nos decía que llegaría un día en el que habría un gobierno popular compartido por las gentes honestas del mundo. Y que lo primero que había que hacer era eliminar poco a poco los países, los ejércitos y las policías secretas, y sólo después, poco a poco, se podría ir pensando en la igualdad entre ricos y pobres: pedirles impuestos a unos y dárselos a otros, pero no de repente, para que no hubiera derramamiento de sangre, sino poco a poco. (...).
Lo malo de Trotski, Lenin, Stalin y sus camaradas, eso pensaba tu abuelo, era que intentaron enseguida regular de nuevo la vida según lo que decían los libros, los libros de Marx, de Engels y de otros grandes pensadores como ellos que tal vez conocían muy bien la literatura pero que no tenían ni idea de la vida, ni de la maldad, la envidia, el egoísmo, la perversidad y la alegría por el mal ajeno. (...).






